Mamá, ¡emocióname y aprenderé!

    Si me lo permiten…

  ¿Quién es capaz de recordar qué ocurrió el tercer día en su empleo?, ¿aquella ocasión en la que dio los buenos días a su compañero de oficina y le respondió?,  ¿lo que comió ayer?, ¿y  qué me dicen del color del vehículo que estaba estacionado al lado del suyo?… ¿de veras?… permaneció allí mientras trataba de no golpearle durante la maniobra de marcha atrás, ¡lo miró en varias ocasiones!

  Sin embargo, sí podrán hacer memoria del primer día en su primer empleo, del saludo al compañero que no fue correspondido,  del menú de su propia boda, del color de aquel auto precioso que vio aparcado en la acera de enfrente y que por unos instantes pensó el modo de financiarlo.

  Entonces, ¿a qué se debe tal selección memorística cuya intención, que sepan, se sitúa lejos del capricho y el azar? Pues bien, según diversas investigaciones dirigidas a estudiar el aprendizaje por emociones, cuanto más intensa sea la emoción más motivada será la conducta. Esta última podrá mostrarse de manera positiva o negativa, siendo poco probable (so pena de padecer alexitimia) la opción neutral.

  Así pues la magnitud de respuesta, es decir, el fogonazo de reacción, obedece tanto a lo emotivo que suponga lo experimentado como también a la propia personalidad de quien lo experimenta.  Al mismo tiempo, la conducta que se llevará a cabo se suele propagar por dos vías: hacia el “mundo” externo, o lo que es lo mismo, lo que los demás observan en nosotros en ese momento; y hacia el interno, que es aquello que realmente sentimos. Este último es potencialmente eficaz cuando se desarrolla de manera intensa, de modo que obtenemos un verdadero aprendizaje instantáneo y duradero.

  Por lo tanto, si un niño en la escuela o en casa rebosa constantemente de desinterés, no será receptivo al medio y en consecuencia no aprenderá. Como nuestra pretensión es que se alimente de las enseñanzas de la forma más provechosa posible, debemos no sólo ofrecerle los libros y exigirle las tareas diarias sin más, sino ir más allá ilusionándonos junto a él. Conseguiremos instaurar cierta predisposición al crear una profunda motivación, y una vez dado este primer paso, encenderemos la llama de la emoción (sea en el hogar, escuela u otros ámbitos de la vida) y así, terminarán calando en él esos conocimientos que tanto nos interesa que adquiera.

  Y ya saben: qué será mi hijo de mayor también depende de nuestra implicación.

     “El corazón es la puerta hacia el conocimiento”  

Publicado por: Iñaki Fernández Suárez

Creative Commons License

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