Mamá, ¿quién es el responsable de mi mala educación?

Aguarda...

   Si me lo permiten…

   Series de televisión, programas de tertulia, de corazón, telenovelas, telediarios, e incluso dibujos animados indecorosos.

  ¿Nos hemos detenido un instante a evaluar el contenido educativo que esconde este tipo de emisiones? Lo penoso del asunto, es que estos desechos televisivos gocen de total impunidad llegando a ocupar, para mayor escarnio, gran parte del horario infantil. Los  usuarios no denunciamos a las cadenas, ni siquiera cambiamos de canal o apagamos el televisor puesto que entretiene y distrae a nuestros hijos, de tal modo, que no demandan nuestra atención y nos dejan tranquilos por un buen rato, ¡qué cómodo y sencillo resulta! ¿Verdad?

  Por lo que un servidor ha podido comprobar en la escuela, un elevado número de alumnos permanece asiduo durante largas temporadas a series televisivas que albergan personajes ficticios, de mal gusto, y vacíos tanto de principios como de valores éticos y cívicos, los cuales, deberían ser  propios del asentamiento de pilares fundamentales que nutren su desarrollo psicosocial. Gran parte de las familias, no alcanza a entender lo influyentes y peligrosas que pueden llegar a ser, hasta el extremo de que algunos alumnos  adquieren y consolidan un rol ante los demás  (en numerosas ocasiones temerario) salpicando desprecios, acciones tiranas, rencores, desvergüenza, venganza, actos obscenos y una descarada falta de respeto ante iguales y adultos que, en multitud de ocasiones, culmina en consultas a psicólogos y otros profesionales de la conducta, cuya última determinación viene siendo la distribución de fármacos que “parchean” temporalmente el problema.

  Si realizáramos un esfuerzo mental y retrocediésemos a los no tan lejanos tiempos en donde la ilusión del embarazo, y de los primeros meses de vida de nuestro pequeño acaparaba cada segundo de nuestro tiempo,  nos sorprenderían los numerosos momentos en los que procedimos a tomar cada una de las precauciones posibles habidas y por haber, con el fin de que el “delicado pequeño” creciera en un ambiente saludable:  fuera humos;  esterilización continua de biberones, chupetes y otros enseres culinarios; chichoneras en la cuna y cómo no, Mozart music para convertirse en todo un Einstein el día de mañana. Sin embargo, cuando alcanzan determinada edad somos capaces de abandonarles a su suerte, ¡como si a los tres años estuviesen ya preparados para batallar por sí mismos!

  Por lo tanto, la educación no finaliza en el momento en que comienzan a andar, ni en el que afloran sus primeras palabras. Tampoco con el principio de la primaria, ni siquiera en la etapa puberal,  ni mucho menos en la adolescencia.

  Somos responsables de la creación humana, del sólido cincelado tanto de sus ideas como comportamientos, del asentamiento final  de la persona íntegra, orgullosa de sí misma y de sus educadores, que fuimos aquellos que se detuvieron al menos un instante, a reflexionar en qué podría culminar cada aleteo generado por la mariposa que merodea los alrededores de nuestros hijos.

  Y ya saben: qué será mi hijo de mayor también depende de nuestra implicación.

        “Guía por el buen camino, crearás al dueño de su propio sino”

                                      

Publicado por: Iñaki Fernández Suárez

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Paula
    Mar 01, 2013 @ 16:25:19

    Me ha gustado su post . Los padres mayordomos acaban recogiendo el fruto de su cultivo. Lamentablemente. Y se harán hombres y mujeres con dosis de capacidad de frustración nulas.
    Paula.

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